LO QUE ME DEJO COMO JURADO
Esto pocas veces se dice en público: un jurado literario no premia necesariamente el cuento que más le gusta. Premia el mejor cuento. Parece una diferencia menor, pero no lo es.
A todos nos pasa que hay textos que nos tocan una fibra íntima: un personaje que nos recuerda a alguien, una atmósfera que conocemos, un tema que nos conmueve. Sin embargo, cuando uno se sienta del otro lado de la mesa, tiene la obligación de preguntarse: —¿Estoy valorando la obra o mi afinidad con la obra? En el concurso que acaba de terminar, aparecieron varios ejemplos de eso. "La Viuda del Tigre" tenía una potencia emocional extraordinaria y un final que quedaba resonando mucho tiempo después de terminar la lectura, "Estrago Culposo" proponía una arquitectura narrativa muy sofisticada y asumía riesgos que otros textos no se animaban a asumir; "Titulares de un pasquín oportunista" construía personajes memorables, especialmente Monchi, con una voz propia muy difícil de conseguir y "El Reloj Solar de la Plaza San Martín" lograba algo raro: era sólido en casi todos los aspectos al mismo tiempo. No dependía de un golpe de efecto, ni de un personaje excepcional, ni de una sola idea brillante. Funcionaba como conjunto. Eso suele ser lo que termina inclinando la balanza en los primeros premios.
Hay otra enseñanza que dejan los concursos. La mayoría de los autores creen que los jurados buscan perfección técnica. En realidad, los jurados solemos perdonar muchos defectos técnicos cuando encontramos una voz auténtica.
Lo que rara vez perdonamos es el aburrimiento.
Un cuento con alguna imperfección puede ganar, y sin embargo un cuento impecablemente escrito pero incapaz de despertar curiosidad, emoción o sorpresa, casi nunca lo hace.
Si un cuento aburre, no sigue.
Después de leer noventa y ocho trabajos, uno termina descubriendo algo curioso: los errores se repiten muchísimo; las virtudes, en cambio, son escasas y únicas.
Por eso Monchi quedó en la memoria, "Colá" Albornoz siguió caminando por las conversaciones aun sin estar en el podio, Juan Alfredo mereció una mención especial y la Viuda siguió rondando la cabeza de los jurados varios días después.
Los errores los olvidamos rápido, los personajes no.
Ahora, ya terminada toda la jura, con la distancia de un par de semanas y sin la presión de las planillas ni los puntajes, a veces me pregunto ¿porque hay cuentos que no ganaron y que me siguen visitando a cada rato? Porque hay un grupo de cuentos y personajes que cada tanto vuelven a aparecer; cuando estoy manejando, tomando un café o tratando de dormir.
Ahí me doy cuenta que esos son los cuentos y personajes que dejan huella.
Entre los noventa y ocho, mas alla de los premiados, hay tres o cuatro fierrazos, El hacha, Los tres escalones, Luciernagas, El silencio de los comedores, Cola Albornoz, Monchi, El Alegria, que de tanto en tanto se aparecen
El personaje de El silencio de los comedores me estremeció particularmente cuando lo leí y luego, porque hace poco vi un personaje parecido circulando por las calles de Formosa y fue inevitable: me pregunté si acaso no fuera él y esa fue una experiencia rara, cosquillosa, si se quiere inquietante.
Yo se que hay una diferencia enorme entre un cuento que admiramos y un cuento que nos persigue.
"El Hacha" es un fierro. Tiene peso especifico, oficio, una presencia casi física. "Los Tres Escalones" y "Luciérnagas" tienen imágenes muy potentes y una construcción que deja huellas.
Pero El Silencio de los Comedores", tiene un personaje notable. Ese personaje se proyecta y uno lo ve o cree verlo entre la gente... vamos... allí ya hay un poco mas que simples sensaciones.
Hay cuentos que terminan en la última página. Uno los cierra, les pone un puntaje, redacta una devolución y siguen su camino y hay otros se escapan del papel y se mezclan con la realidad.
De pronto ves a alguien sentado solo en una plaza, un hombre caminando por una vereda, una mujer esperando un colectivo, y durante un segundo pensás: ¿Y si fuera él? o ella...
En ese momento el personaje deja de pertenecer al autor y pasa a ser parte del mundo. Y creo que eso es lo que te pasó con "El Silencio de los Comedores". No me acordé del argumento. No me acorde de la técnica ni de si tenía tres o cuatro errores de puntuación, me acordé de una persona, de un personaje, y cuando un personaje logra eso, el autor ha hecho algo extraordinario. Ayer me dijeron que la viuda del tigre también existe y que todavía vive. No me quedan dudas que ire a “sentir” lo que se siente en esas circunstancias.
Voy a lo que me quedó, como jurado, que fue como y por que quise redactar esta nota.
A mí me gusta pensar que los concursos literarios tienen dos resultados. El oficial, que queda escrito en las actas, con los premios, menciones y puntajes y un resultado secreto, que nunca figura en ningún documento, el de los cuentos que cada jurado se lleva a su casa, los que siguen viviendo semanas o meses después, los que aparecen mientras uno maneja por la Costanera, toma un café o camina por las calles de Formosa.
Y quiero decirles, sin temor a equivocarme, y ustedes los leeran en las antologias de este concurso, que esos son los cuentos que realmente ganan algo.
Después de leer noventa y ocho trabajos, que uno recuerde espontáneamente cuatro o cinco ya es un indicador enorme. La mayoría de los textos desaparecen de la memoria con bastante rapidez, no porque sean malos, sino porque son intercambiables.
En cambio, cuando después de semanas o acaso meses, todavía uno puede decir de corrido, El Hacha, Los Tres Escalones, Luciérnagas, El Silencio de los Comedores, El reloj solar de la Plaza San Martin, La viuda del Tigre, Titulares de un pasquín oportunista...significa que esos cuentos encontraron un lugar propio dentro de la biblioteca interior, y eso, para un escritor vale muchísimo más que cualquier diploma, porque los premios se cuelgan en una pared, pero los personajes se quedan a vivir con nosotros.


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