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domingo, 7 de junio de 2026

SEGUNDO PREMIO
MENCIÓN ESPECIAL AL MEJOR FINAL
MENCIÓN ESPECIAL AL PERSONAJE MEMORABLE


LA VIUDA DEL TIGRE
Por Eric Alexis Romero DNI 38.542.020. Centenario - Ciudad de Neuquén

 

La primera vez que escuché hablar de aquel asunto fue en una ronda de pescadores, allá por la costa barrosa del Pilcomayo Medio, una tarde tibia y amarillenta de invierno. Ya se sabe lo mentirosos que son los pescadores. Son hombres capaces de exagerar el tamaño de un surubí, la profundidad de un remanso o la furia de una tormenta con la misma naturalidad con la que ceban un mate. Por eso no le di demasiada importancia. Escuché la historia, asentí un par de veces y seguí con lo mío. A los pocos días, si soy sincero, el episodio se me había borrado casi por completo de la memoria.

Pero los relatos tienen maneras extrañas de regresar.

A veces vuelven disfrazados de casualidad.

Otras, como aquella vez, vuelven con insistencia.

Días después, sin ningún vínculo aparente con aquella ronda de pescadores, me topé nuevamente con el tema en una publicación perdida de redes sociales. Era apenas un comentario breve, enterrado entre fotografías de pesca y noticias locales. Sin embargo, bastó una frase para que algo se encendiera dentro mío: Murieron los dos.

Entonces recordé.

El rumor decía que, en algún lugar cercano al Pilcomayo Medio, un hombre y un tigre habían luchado en combate singular y que el resultado había sido un empate feroz y definitivo: ambos habían terminado muertos.

Así contado parecía el tipo de historia destinada a deformarse con el tiempo, a crecer de boca en boca como crecen las leyendas en el monte. Pero también parecía una de esas historias que buscan desesperadamente un narrador. Los bardos griegos decían que ciertos relatos llegan hasta uno para ser contados, aunque arriben cubiertos de exageraciones, deformidades y desmesuras.

Y quizá aquello me estaba ocurriendo exactamente a mí. Porque para un escritor, una historia así deja demasiados huecos. Hay que caminarla, olerla, palparla, preguntarla, ver qué parte pertenece a la realidad y cuál a la fiebre de la imaginación popular. Mientras más verdadera resulte una historia, más poderosa puede llegar a ser la literatura que se construya alrededor de ella.

Con esa idea en la cabeza, un domingo por la mañana cargué un termo, unos mates y salí rumbo a los lugares donde, según los rumores, había ocurrido aquel combate imposible.

No me resultó difícil encontrar rastros.

Casi todos parecían recordar el hecho.

Terminé sentado bajo un alero de tejas de palma, junto a tres pescadores viejos que remendaban líñadas y destripaban bogas con la lentitud ritual de los hombres acostumbrados al río.

Fue entonces cuando ocurrió algo que terminó de conmoverme.

Una anciana pasó caminando frente a nosotros. Llevaba un vestido oscuro y un pañuelo gris atado bajo el mentón. Caminaba despacio, ayudándose con un bastón de palo de escoba, pero conservaba una extraña dignidad en la postura. Los pescadores la saludaron con afecto.

—Buen día, doña Eulogia.

—Buen día, muchachos.

Ella siguió su camino.

Y uno de los hombres murmuró apenas, cuando ya estaba lejos:

—Ahí va la viuda del tigre.

Sentí un escalofrío leve. Pregunté, naturalmente. Los tres se miraron entre sí con esa expresión que tienen los hombres del interior cuando deciden si vale la pena contar algo o no. Finalmente, el más viejo escupió hacia un costado y dijo:

—No era viuda de un tigre… era la mujer de Colá Albornoz. Pero desde aquello le quedó el apodo.

Entonces me relataron la historia, y por primera vez sentí que el asunto era real. Décadas atrás, un yaguareté había empezado a llevarse chivos y ovejas de varios corrales cercanos. No era raro. El monte todavía conservaba zonas espesas y silenciosas donde el gran tigre americano podía ocultarse durante semanas enteras sin ser visto.

Pero aquel animal había perdido el miedo.

Ya no cazaba solamente de noche.

Aparecía cerca de las casas.

Los perros no ladraban cuando andaba cerca; se escondían.

Las lecheras se inquietaban.

Y los hombres empezaron a caminar armados incluso para ir a buscar agua.

Nicolás Albornoz era puestero. Un hombre duro, acostumbrado al monte, de esos criollos flacos y nervudos que parecen hechos de cuero seco y tendones. Vivía con su mujer y dos hijos pequeños en un puesto apartado, levantado entre vinales y palmares bajos.

Cuando el tigre comenzó a rondar sus animales, Colá decidió vigilar el corral personalmente.

Durante varias noches no ocurrió nada.

Hasta aquella tarde.

Según reconstruyeron después, Nicolás regresaba por una picada angosta cuando el animal lo emboscó. El ataque fue instantáneo.

Los yaguaretés no rugen antes de matar.

Caen.

Eso hacen.

Caen desde el silencio.

El tigre lo golpeó desde un costado y ambos rodaron entre el barro y las hojas secas. Nicolás alcanzó a cubrirse parcialmente con el brazo, pero el animal consiguió afirmarse sobre él y morderlo cerca de la nuca, buscando partirle el cuello como hacen con los moritos y los guazunchos.

Y allí debió comenzar aquella lucha espantosa.

Imagino el olor de la sangre.

El jadeo.

La tierra removida.

Las uñas del animal desgarrando la camisa, el vientre, arrancando tripas. con su peso monstruoso encima del hombre.

Pero Nicolás Albornoz no murió enseguida.

Tal vez por instinto.

Tal vez por desesperación.

Tal vez porque ciertos hombres nacen con una resistencia animal para aferrarse a la vida.

Lo cierto es que logró girar parcialmente el cuerpo y sacar el puñal que llevaba en la cintura. Entonces empezó a herir al tigre una y otra vez.

Puñaladas cortas.

Ciegas.

Furiosas.

Hasta que el animal finalmente soltó la mordida.

Herido de muerte, el yaguareté se apartó tambaleando entre los matorrales.

Nicolás quedó tendido.

Desangrándose.

Con la nuca abierta.

Consciente todavía.

Y aquí la historia abandona definitivamente el territorio de lo ordinario.

Porque según contaron quienes encontraron el cuerpo, Colá logró arrastrarse unos metros hasta un tronco caído. Y allí, utilizando la sangre que brotaba de sus heridas, mezcladas con las del yaguareté, escribió unas palabras dirigidas a su mujer.

Nadie quiso repetirlas.

Quizá porque eran demasiado íntimas.

Quizá porque el tiempo las deformó.

Quizá porque ciertas frases pertenecen únicamente a los muertos.

La búsqueda comenzó cuando no regresó al anochecer. Horas más tarde salieron vecinos, baqueanos y finalmente la policía.

Encontraron primero al tigre.

Había muerto entre unos pajonales, no muy lejos del lugar del combate. Aún tenía el hocico ensangrentado y varias heridas profundas en el vientre, en la tabla del pescuezo, detrás de las paletas…

Después encontraron a Nicolás.

Recostado contra el tronco.

Ya sin vida.

Y alrededor de él había señales brutales de pelea: barro removido, ramas quebradas, sangre por todas partes y marcas de garras sobre la tierra endurecida.

Los policías de entonces describieron todo. Hubo un sumario. Algunas crónicas policiales publicaron la noticia durante unos pocos días y luego el asunto comenzó lentamente a hundirse en ese pantano donde terminan las historias del interior profundo.

Pero no desapareció del todo. Sobrevivió en la memoria oral. En los fogones, en las ruedas de pescadores y sobre todo sobrevivió en el apodo de aquella anciana: La viuda del tigre.

Después de escuchar todo aquello pedí que me indicaran el lugar exacto donde había ocurrido.

Uno de los pescadores me señaló hacia el oeste.

—La picada ya casi no existe —me dijo—. El monte se la tragó de nuevo.

Fui hasta allí esa misma tarde.

No encontré demasiado. Un sendero apenas visible entre vinales, caraguatas, algunas palmas, mosquitos y silencio.

Pero sí descubrí algo extraño.

En ciertos lugares, el monte parece guardar memoria.

No hablo de fantasmas ni de supersticiones. Hablo de una sensación difícil de explicar. Como si determinados hechos dejaran impregnado algo invisible en el paisaje.

Allí ocurría eso.

El sitio tenía una quietud pesada.

Incluso los pájaros parecían cantar diferente, como más lejos y menos alegres.

Caminé un rato entre los árboles hasta hallar un viejo tronco semipodrido, vencido entre las malezas. Podía no ser el mismo. Seguramente no lo era. Sin embargo, algo hizo que me sentara allí un momento a fumar y entonces pensé en Nicolás Albornoz.

Pensé en el terror de sentir sobre uno el peso de un yaguareté adulto.

Pensé en la decisión absurda y a su vez heroica de seguir peleando.

Pensé en ese último esfuerzo imposible para escribir unas palabras de despedida mientras la vida se le escapaba.

Y comprendí que tal vez el verdadero centro de la historia no era el tigre.

Ni siquiera el combate.

Sino aquello que un hombre decide hacer en los últimos minutos de su existencia.

Porque Colá Albornoz, pudiendo abandonarse a la muerte, eligió pelear primero y despedirse después.

El sol empezaba a caer cuando regresé al pueblo.

Antes de irme pasé nuevamente frente a la casa de la anciana. La vi sentada afuera, en un sillón de trama pobre, mirando la calle vacía.

Por un instante pensé en acercarme y preguntarle si todavía recordaba las palabras escritas con sangre por su marido.

Pero no lo hice.

Hay historias que uno puede investigar.

Y hay otras que deben conservar una parte en sombras.

Quizá porque el misterio también forma parte de la verdad.

O quizá porque ciertas despedidas pertenecen solamente a quienes las recibieron.





 

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