PRIMER PREMIO
MENCIÓN ESPECIAL A LA IMAGINACIÓN Y ORIGINALIDAD LITERARIA
El reloj solar de la Plaza San Martín
Por Luis Carlos Ferreira DNI 28.827.871 Ciudad de Formosa
Mi abuelo era relojero, le gustaba pensar que cada amanecer era un nuevo cuento. Yo era muy chico cuando me contó por primera vez sobre el reloj solar que estaba en la plaza San Martín, que fuera donado por la Asociación de Relojeros de la provincia, y que tras años de perfecto funcionamiento un día por extrañas razones que solo Dios sabe, empezara a dar las horas hacia atrás, convirtiendo bachilleres en escolares, eneros en diciembres, desengaños en posibilidades, amores inmortales en gratas ilusiones, lluvias en negros nubarrones y goles de final en silencio contenido. En otras palabras: consecuencias en sus propias causas. Así eran sus cuentos.
Estaba solo, y estaba viejo mi abuelo. A veces me quedaba a dormir en su casa y le pedía que me cuente una nueva parte de la historia del reloj solar. Me juraba que en aquella época pudo ver en la plaza cómo los niños decrecían en la calesita, y cómo llovía desde los charcos, y cómo un día desde el puente de la lagunita vió unas ondas circulares que se cerraban sobre la superficie y cómo luego una piedra seca saltó hasta su mano. También me contó de una mariposa que regresó a su crisálida para luego de unos días encogerse bajando por las espinosas curvas de un palo borracho.
Aseguraba que figuró varias maneras de arreglar el reloj, pero no tuvo éxito porque todas las soluciones con las que daba concluían en suposiciones.
Tenía un cuaderno mi abuelo, un cuadernito rojo, donde escribía todo lo que me contaba. Cada vez una nueva parte de la historia del reloj solar. Después me daba unos crayones y era mi tarea dibujar esos cuentos, y así pasábamos las horas.
Pero con los años, siguiendo la ineludible costumbre, tuve la insolencia de crecer y la adolescencia me empujó hacia otros intereses, los cuales abarcaron la mayor parte de mi tiempo.
La mañana en que mi abuelo murió me había jurado que aquella historia del reloj solar era real. Yo casi no la recordaba. Por supuesto no le creí porque, como se sabe, los años siguieron avanzando.
Las Bellas Artes me llamaron y el estudio me impulsó hacia Córdoba en un viaje de quince horas. Antes de subir al colectivo mi papá me abrazó y me dijo “No olvides nunca de donde sos”... o algo así. El cristal nos separó y lo vi encogerse desde la ventana.
El camino de Formosa a Córdoba se hizo interminable. Quizás hoy hubiera pensado en todo lo que dejaba atrás, pero en aquella época las nuevas experiencias que me aguardaban me incitaban a pensar en lo que me esperaba por delante.
Un gendarme me despertó en Reconquista pidiéndome el DNI. Medio dormido revolví en mi mochila hasta que lo encontré y se lo pasé; el típico control de rutina. Lo inspeccionó con gesto mecánico, me lo devolvió y se fue hacia el siguiente pasajero. Cuando volví a guardar el documento encontré un tesoro invaluable, y me pregunté en qué momento mi papá hubiera metido en mi mochila el cuadernito rojo sin que yo me percatara. Pero ahí estaba, después de tantos años; lo reconocí al instante y se me hizo escuchar la voz de mi abuelo contándome “Historias del reloj solar de la Plaza San Martín que un día por extrañas razones que solo Dios sabe empezó a invertir el sentido de las horas.” Era increíble ese cuadernito rojo. En cierta mágica forma condensaba historias de mi niñez que parecía haber olvidado. Leerlo era de una manera volver a vivirlas, pero sobre todo, de volver a vivir a mi abuelo.
Desde el cuaderno me decía que en los centros de salud los milagros se multiplicaban sobre enfermos que sanaban y los médicos no comprendían para qué estaban ahí. Que los pomberos regalaban mieles en sus tatacuás y que en algún lugar los lobizones se convertían en hombres los jueves de luna llena. Y entendí cómo esos tres barbudos se robaron mi bici vieja aquella nochecita del 5 de enero. Y leí también de una partida de ajedrez que comenzó en jaque y terminó en orden, y de un intuitivo poeta que abandonó a su amada susurrándole al oído “el futuro no existe mi amor”.
Empecé a leer algunas historias de las que -estoy seguro- no llegó a contarme jamás y logré entender mejor a mi abuelo. Y leí cómo una tarde se sorprendió volviendo a ver a mi abuela, después de tantos años, entrando a la casa con una sonrisa y cómo una lágrima trepó por sus mejillas.
Decía siempre mi abuelo “En esos tiempos todo fue muy confuso y de aquello no recuerdo nada... pero lo adivino”.
Y mirá que era ocurrente mi abuelo. Supe que se le cruzó la idea de que las lecturas en aquellos tiempos resignificarían historias y tomó nota de alguna:
Aclaren mi entendimiento,Y refresquen mi memoria,Que voy a cantar mi historia.A los santos del cielo pido,Que ayuden mi pensamiento:Les pido en este momento.Con el cantar se consuela,Como el ave solitaria,Una pena estraordinaria,Que al hombre que lo desvela,Al compás de la vigüela,Aquí me pongo a cantar.
Y supo que Fierro al callar curó sus penas sentao junto al jogón con su mujer y sus hijos y que era una delicia el ver cómo pasaba sus días.
Y de libro en libro leyó también mi abuelo cómo una montañosa pared de roca se cerraba ante un ábrete sésamo; cómo un monstruoso insecto una noche tras un sueño intranquilo se desconvertía en Gregorio Samsa; cómo un espejo era ignorado al fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona.
En otro libro leyó el abuelo con sorpresa cómo el gobernador de Chubut se alejaba de una fermoza curva del río Paraguay tomando rumbo del sur.
Anotó el abuelo que en ese momento dejó caer la birome y suspirando reflexionó: “Aijue pucha… no somos nada.” Pucha decía mi abuelo. Aijue pucha decía.
Y el cuadernito rojo no paraba. En una página anotó sobre oscuras golondrinas que no fueran ya sino meros aprendices de nombres.
En la radio desescuchaba canciones, y un juglar le demostró que los versos atemporales también existen. Anotó:
Las vaquitas son ajenas,Las penas son de nosotros,Se van por la misma senda,Las penas y las vaquitas.El arriero va, el arriero va,Como sombra en la sombra por esos cerros.Que haga menos pesada mi soledad,Amalaya la noche traiga un recuerdo.
Siguió escuchando noche tras noche, anotando algunas letras y las canciones lo sumían en profunda melancolía. La última que anotó fué:
Yira... yira...Que al mundo nada le importa,Verás que nada es amor,Verás que todo es mentira.
Y se preguntó qué era entonces el destino, y si el postvenir auguraba un pasado venturoso. Esperanzado consultó volúmenes de cierta enciclopedia y se enteró de cómo una multitud enardecida construía un muro en Berlín, un imperio anglosajón abandonaba sus tierras, un corso era puesto en libertad en una isla, una nación sin litoral prosperaba al sur de un imperio sudamericano, el sol giraba alrededor del orbe, brujas y herejes eludían el castigo del fuego, un navegante genovés prescindía de un mundo mayor, un inventor florentino lo ignoraba todo, un joven veneciano desconocía a su Gran Kan, un osado rabí convertía el vino en agua, una llama sagrada trasmutaba en zarza, un minotauro merodeaba cerca de una obra con bifurcaciones, un barquero obsequiaba monedas de plata y cuarenta siglos de pirámides eran destruídos.
Y siguió leyendo y supo de hombres que dejaban de adorar a un dios primigenio en nombre de una semilla e imaginaban animales sobre la piedra desnuda y se convertían en protohombres. Y de cómo enormes bestias mutaban hacia seres acuáticos que disminuían su tamaño a niveles microscópicos y todo se convertía en nada y nada lo era todo y todo lo era nada. Y pensó en la cualidad perversa del tiempo, y razón no le faltó. Al cuadernito rojo lo tengo acá conmigo, pero cómo extraño a mi abuelo.
