SEGUNDO PREMIO
MENCIÓN ESPECIAL AL MEJOR FINAL
MENCIÓN ESPECIAL AL PERSONAJE MEMORABLE
LA VIUDA DEL TIGRE
Por Eric Alexis Romero DNI 38.542.020. Centenario - Ciudad de Neuquén
La primera vez que escuché hablar de
aquel asunto fue en una ronda de pescadores, allá por la costa barrosa del
Pilcomayo Medio, una tarde tibia y amarillenta de invierno. Ya se sabe lo
mentirosos que son los pescadores. Son hombres capaces de exagerar el tamaño de
un surubí, la profundidad de un remanso o la furia de una tormenta con la misma
naturalidad con la que ceban un mate. Por eso no le di demasiada importancia.
Escuché la historia, asentí un par de veces y seguí con lo mío. A los pocos
días, si soy sincero, el episodio se me había borrado casi por completo de la
memoria.
Pero los relatos tienen maneras
extrañas de regresar.
A veces vuelven disfrazados de
casualidad.
Otras, como aquella vez, vuelven con
insistencia.
Días después, sin ningún vínculo
aparente con aquella ronda de pescadores, me topé nuevamente con el tema en una
publicación perdida de redes sociales. Era apenas un comentario breve,
enterrado entre fotografías de pesca y noticias locales. Sin embargo, bastó una
frase para que algo se encendiera dentro mío: Murieron los dos.
Entonces recordé.
El rumor decía que, en algún lugar
cercano al Pilcomayo Medio, un hombre y un tigre habían luchado en combate
singular y que el resultado había sido un empate feroz y definitivo: ambos
habían terminado muertos.
Así contado parecía el tipo de
historia destinada a deformarse con el tiempo, a crecer de boca en boca como
crecen las leyendas en el monte. Pero también parecía una de esas historias que
buscan desesperadamente un narrador. Los bardos griegos decían que ciertos
relatos llegan hasta uno para ser contados, aunque arriben cubiertos de
exageraciones, deformidades y desmesuras.
Y quizá aquello me estaba ocurriendo
exactamente a mí. Porque para un escritor, una historia así deja demasiados
huecos. Hay que caminarla, olerla, palparla, preguntarla, ver qué parte
pertenece a la realidad y cuál a la fiebre de la imaginación popular. Mientras
más verdadera resulte una historia, más poderosa puede llegar a ser la
literatura que se construya alrededor de ella.
Con esa idea en la cabeza, un
domingo por la mañana cargué un termo, unos mates y salí rumbo a los lugares
donde, según los rumores, había ocurrido aquel combate imposible.
No me resultó difícil encontrar
rastros.
Casi todos parecían recordar el
hecho.
Terminé sentado bajo un alero de
tejas de palma, junto a tres pescadores viejos que remendaban líñadas y
destripaban bogas con la lentitud ritual de los hombres acostumbrados al río.
Fue entonces cuando ocurrió algo que
terminó de conmoverme.
Una anciana pasó caminando frente a
nosotros. Llevaba un vestido oscuro y un pañuelo gris atado bajo el mentón.
Caminaba despacio, ayudándose con un bastón de palo de escoba, pero conservaba
una extraña dignidad en la postura. Los pescadores la saludaron con afecto.
—Buen día, doña Eulogia.
—Buen día, muchachos.
Ella siguió su camino.
Y uno de los hombres murmuró apenas,
cuando ya estaba lejos:
—Ahí va la viuda del tigre.
Sentí un escalofrío leve. Pregunté,
naturalmente. Los tres se miraron entre sí con esa expresión que tienen los
hombres del interior cuando deciden si vale la pena contar algo o no.
Finalmente, el más viejo escupió hacia un costado y dijo:
—No era viuda de un tigre… era la
mujer de Colá Albornoz. Pero desde aquello le quedó el apodo.
Entonces me relataron la historia, y por primera vez sentí que el asunto era real. Décadas atrás, un yaguareté había empezado a llevarse chivos y ovejas de varios corrales cercanos. No era raro. El monte todavía conservaba zonas espesas y silenciosas donde el gran tigre americano podía ocultarse durante semanas enteras sin ser visto.
Pero aquel animal había perdido el
miedo.
Ya no cazaba solamente de noche.
Aparecía cerca de las casas.
Los perros no ladraban cuando andaba
cerca; se escondían.
Las lecheras se inquietaban.
Y los hombres empezaron a caminar
armados incluso para ir a buscar agua.
Nicolás Albornoz era puestero. Un
hombre duro, acostumbrado al monte, de esos criollos flacos y nervudos que
parecen hechos de cuero seco y tendones. Vivía con su mujer y dos hijos
pequeños en un puesto apartado, levantado entre vinales y palmares bajos.
Cuando el tigre comenzó a rondar sus
animales, Colá decidió vigilar el corral personalmente.
Durante varias noches no ocurrió
nada.
Hasta aquella tarde.
Según reconstruyeron después,
Nicolás regresaba por una picada angosta cuando el animal lo emboscó. El ataque
fue instantáneo.
Los yaguaretés no rugen antes de
matar.
Caen.
Eso hacen.
Caen desde el silencio.
El tigre lo golpeó desde un costado
y ambos rodaron entre el barro y las hojas secas. Nicolás alcanzó a cubrirse
parcialmente con el brazo, pero el animal consiguió afirmarse sobre él y
morderlo cerca de la nuca, buscando partirle el cuello como hacen con los moritos
y los guazunchos.
Y allí debió comenzar aquella lucha
espantosa.
Imagino el olor de la sangre.
El jadeo.
La tierra removida.
Las uñas del animal desgarrando la camisa,
el vientre, arrancando tripas. con su peso monstruoso encima del hombre.
Pero Nicolás Albornoz no murió
enseguida.
Tal vez por instinto.
Tal vez por desesperación.
Tal vez porque ciertos hombres nacen
con una resistencia animal para aferrarse a la vida.
Lo cierto es que logró girar
parcialmente el cuerpo y sacar el puñal que llevaba en la cintura. Entonces
empezó a herir al tigre una y otra vez.
Puñaladas cortas.
Ciegas.
Furiosas.
Hasta que el animal finalmente soltó
la mordida.
Herido de muerte, el yaguareté se
apartó tambaleando entre los matorrales.
Nicolás quedó tendido.
Desangrándose.
Con la nuca abierta.
Consciente todavía.
Y aquí la historia abandona
definitivamente el territorio de lo ordinario.
Porque según contaron quienes
encontraron el cuerpo, Colá logró arrastrarse unos metros hasta un tronco
caído. Y allí, utilizando la sangre que brotaba de sus heridas, mezcladas con las
del yaguareté, escribió unas palabras dirigidas a su mujer.
Nadie quiso repetirlas.
Quizá porque eran demasiado íntimas.
Quizá porque el tiempo las deformó.
Quizá porque ciertas frases
pertenecen únicamente a los muertos.
La búsqueda comenzó cuando no regresó
al anochecer. Horas más tarde salieron vecinos, baqueanos y finalmente la
policía.
Encontraron primero al tigre.
Había muerto entre unos pajonales,
no muy lejos del lugar del combate. Aún tenía el hocico ensangrentado y varias
heridas profundas en el vientre, en la tabla del pescuezo, detrás de las
paletas…
Después encontraron a Nicolás.
Recostado contra el tronco.
Ya sin vida.
Y alrededor de él había señales
brutales de pelea: barro removido, ramas quebradas, sangre por todas partes y
marcas de garras sobre la tierra endurecida.
Los policías de entonces describieron
todo. Hubo un sumario. Algunas crónicas policiales publicaron la noticia
durante unos pocos días y luego el asunto comenzó lentamente a hundirse en ese
pantano donde terminan las historias del interior profundo.
Pero no desapareció del todo. Sobrevivió
en la memoria oral. En los fogones, en las ruedas de pescadores y sobre todo
sobrevivió en el apodo de aquella anciana: La viuda del tigre.
Después de escuchar todo aquello
pedí que me indicaran el lugar exacto donde había ocurrido.
Uno de los pescadores me señaló
hacia el oeste.
—La picada ya casi no existe —me
dijo—. El monte se la tragó de nuevo.
Fui hasta allí esa misma tarde.
No encontré demasiado. Un sendero
apenas visible entre vinales, caraguatas, algunas palmas, mosquitos y silencio.
Pero sí descubrí algo extraño.
En ciertos lugares, el monte parece
guardar memoria.
No hablo de fantasmas ni de
supersticiones. Hablo de una sensación difícil de explicar. Como si
determinados hechos dejaran impregnado algo invisible en el paisaje.
Allí ocurría eso.
El sitio tenía una quietud pesada.
Incluso los pájaros parecían cantar
diferente, como más lejos y menos alegres.
Caminé un rato entre los árboles
hasta hallar un viejo tronco semipodrido, vencido entre las malezas. Podía no
ser el mismo. Seguramente no lo era. Sin embargo, algo hizo que me sentara allí
un momento a fumar y entonces pensé en Nicolás Albornoz.
Pensé en el terror de sentir sobre
uno el peso de un yaguareté adulto.
Pensé en la decisión absurda y a su
vez heroica de seguir peleando.
Pensé en ese último esfuerzo
imposible para escribir unas palabras de despedida mientras la vida se le
escapaba.
Y comprendí que tal vez el verdadero
centro de la historia no era el tigre.
Ni siquiera el combate.
Sino aquello que un hombre decide
hacer en los últimos minutos de su existencia.
Porque Colá Albornoz, pudiendo
abandonarse a la muerte, eligió pelear primero y despedirse después.
El sol empezaba a caer cuando
regresé al pueblo.
Antes de irme pasé nuevamente frente
a la casa de la anciana. La vi sentada afuera, en un sillón de trama pobre, mirando
la calle vacía.
Por un instante pensé en acercarme y
preguntarle si todavía recordaba las palabras escritas con sangre por su
marido.
Pero no lo hice.
Hay historias que uno puede
investigar.
Y hay otras que deben conservar una
parte en sombras.
Quizá porque el misterio también
forma parte de la verdad.
O quizá porque ciertas despedidas
pertenecen solamente a quienes las recibieron.

CUENTO NRO 74
ResponderEliminarLA VIUDA DEL TIGRE
Síntesis
El narrador escucha en una ronda de pescadores una historia extraordinaria: un hombre y un yaguareté habrían muerto tras enfrentarse en combate singular en algún punto del Pilcomayo Medio. Intrigado por el rumor, decide investigar. Siguiendo rastros dispersos en relatos orales y testimonios de pobladores, reconstruye la historia de Nicolás Albornoz, un puestero que décadas atrás combatió a un yaguareté que venía atacando animales y acercándose peligrosamente a los asentamientos humanos. Emboscado en una picada del monte, Nicolás logra matar al tigre a cuchilladas, aunque queda mortalmente herido. Antes de morir, escribe con sangre unas palabras de despedida para su esposa. Con el paso de los años, la historia se transforma en leyenda y la mujer queda conocida para siempre como "La Viuda del Tigre". El narrador visita el lugar de los hechos y comprende que algunas historias sobreviven porque expresan algo profundo sobre el coraje, la muerte y la memoria.
Fortalezas
• Excelente estructura narrativa.
• Gran manejo de la oralidad.
• Narrador muy eficaz.
• Fuerte identidad regional.
• Correcta dosificación del misterio.
• Muy buena reconstrucción de una leyenda popular.
• Nicolás Albornoz posee enorme fuerza simbólica.
• El título es sobresaliente.
• El Pilcomayo y el monte aparecen con autenticidad.
• Gran capacidad evocadora.
• Excelente cierre.
• Muy buena administración de la información.
• El relato genera interés desde la primera página.
Debilidades
• Nicolás funciona más como figura legendaria que como personaje plenamente desarrollado.
• El combate ocupa relativamente poco espacio respecto de la expectativa que genera.
• Algunas reflexiones del narrador podrían condensarse.
• La investigación resulta más interesante que la resolución factual.
• El relato privilegia la evocación sobre el conflicto presente.
Evaluación Técnica
Concordancia Muy buena. No se observan errores significativos.
Sintaxis Muy sólida. Fluida y controlada.
Tiempos verbales Excelente manejo.
Ortografía Muy buena.
Neologismos innecesarios No presenta.
Explicación excesiva Baja.
Sobreinformación Baja.
Adjetivación abusiva Controlada.
Clichés y lugares comunes: Muy bajos.
Lenguaje artificiosamente rebuscado: No.
Evaluación Literaria
Originalidad 9/10 La historia de combate hombre-yaguareté existe en la tradición oral, pero el enfoque elegido la revitaliza.
Innovación 8,5/10 La estructura de investigación oral funciona muy bien.
Voz propia 9/10 Segura y consistente.
Atmósfera 9,5/10 Uno de los mejores montes del concurso.
Emoción 9/10 Contenida pero profunda.
Coherencia narrativa 9,5/10 Excelente.
Calidad del lenguaje 9/10 Muy alta.
Potencia de imágenes y personajes 9,5/10 Destacan: Doña Eulogia caminando con su bastón, el apodo de "La Viuda del Tigre", el ataque silencioso del yaguareté, Nicolás peleando a cuchillo, el tronco donde escribe su despedida, el viejo sendero devorado por el monte.
Capacidad de sugerencia 9,5/10 Su principal virtud.
Riesgo creativo 8,5/10 Confía en la insinuación y en la memoria oral.
Observaciones
ResponderEliminarEste cuento entiende algo fundamental sobre las leyendas. Las leyendas nunca sobreviven por el hecho extraordinario. Sobreviven por las personas. Porque al terminar la lectura uno no recuerda solamente al tigre, recuerda a Eulogia, recuerda a Nicolás, recuerda a los pescadores, recuerda al pueblo.
La gran inteligencia del relato consiste en retrasar la historia principal. Primero aparece, el rumor, la duda, la investigación, la anciana, y recién después aparece el combate. Eso genera una tensión muy eficaz. El lector quiere saber. Además, el autor demuestra una madurez poco frecuente al ocultar la despedida escrita con sangre. Esa decisión vale muchísimo, porque convierte unas palabras concretas en algo mucho más poderoso, un espacio vacío que cada lector completa por sí mismo. También está bien logrado el tratamiento del yaguareté. No aparece como monstruo. No aparece como demonio. Aparece como lo que era. Un gran depredador y eso evita el maniqueísmo. El relato termina hablando menos de un animal y más de una frontera antigua, la que separaba a los hombres del monte. Una reserva importante de este jurado es que Nicolás Albornoz permanece siempre envuelto en una cierta distancia. Lo admiramos, lo imaginamos, pero nunca llegamos a conocerlo íntimamente, sin embargo, quizá esa distancia sea precisamente la que permite que funcione como mito.
Veredicto
FINALISTA MAYOR
Un relato extraordinariamente equilibrado que combina identidad regional, memoria oral, misterio, tragedia y literatura en proporciones muy difíciles de conseguir.
Puntaje
94 / 100
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Comentario de jurado
Hay historias que pertenecen a los archivos. Hay historias que pertenecen a los diarios. Y hay historias que pertenecen a la memoria de los pueblos.
La Viuda del Tigre pertenece a esta última categoría.
Porque entiende que las verdaderas leyendas no nacen cuando ocurre algo extraordinario. Nacen cuando una comunidad decide que ese hecho merece ser recordado, y mientras exista alguien que siga llamando a Eulogia "La Viuda del Tigre", Nicolás Albornoz seguirá peleando en algún rincón del monte. Eso es memorable.