TERCER PREMIO
MENCIÓN ESPECIAL AL PERSONAJE MEJOR CONSTRUIDO
MENCIÓN ESPECIAL MEJOR TECNICA DE COMPOSICION DE UN PERSONAJE
TITULARES DE UN PASQUÍN OPORTUNISTA
Por CORINA BEATRIZ PACCAGNELLA DNI
16.472.252. Ciudad de Bs As
Otra vez el Monchi protagonizaba la primera plana del diario local. Los pobladores más antiguos concluyeron en que el muchacho había hecho mérito para encabezar el titular, aunque los hechos sembraban cierta duda.
Veinte años antes, en una casucha emplazada a orillas del río, casi en la desembocadura del Paraguay, quizá por casualidad, su madre lo parió del lado argentino.
Tal vez por ser el primero o porque su compañero estaba internado en el monte, fue asistida por la comadrona en la soledad de ese cubículo orillero, erigido en medio de una arboleda cercana a Remansito; para los otros siete, sólo el río estaría de testigo.
Dos piezas pequeñas para albergar a los ocho, porque sólo quedaban vivos seis de los hijos. A los dos más chicos, una crecida machaza, los tomó por sorpresa debajo de los postes y los arrolló río abajo. Al bracero también.
“Fueron encontrados por su hermanito, de apenas ocho años, apodado el Monchi, los cuerpos sin vida de Daniel y Josecito, buscados con desesperación desde hacía cuatro días”, versaba el titular de los policiales.
Tres víctimas para una tragedia ¿Quién le quitaría a Monchi esa imagen de sus pesadillas?
Sin embargo, fue el primer día que percibió que el pueblo los registraba, pues la muerte conmociona, espanta; y ésta no era la excepción. La pobreza afloraba como yuyo en el pastizal, exponiendo la hipocresía de los pueblerinos, quienes se mostraban asombrados ante sus necesidades.
Una ausencia total de flores y de recuerdos. En la baranda de la escalera que conducía a la pieza donde se desarrollaba el velatorio, unas ramas costeras, entrelazadas, oficiaban de coronas. Arriba, dos ataúdes pequeños, de madera berreta, abrazados por una madre enajenada de su alma, rodeada de las infaltables lloronas que gemían debajo de sus negros y ajados atuendos. En tanto, una lamparita de veinticinco proveía algo de luz. Las pupilas dilatadas, por el llanto y la precaria iluminación, ensombrecían aún más la escena. Allí, en la pared que daba al río, una única ventana; cerrada para que las almas no se perdieran en el viaje. La pobreza parecía querer colarse por los intersticios que exhibían los tablones de las paredes y se montaba en un sol que competía, ventajoso, con la bombilla amarillenta.
Abajo, cercano a uno de los palos, sentado sobre sus cuclillas, con la espalda apoyada sobre un trasto que sobreviviera a la inundación, el Monchi clavaba sus ojitos enrojecidos en la nada, quizá preguntándose aquello que no tenía respuesta; indagando lo inexplicable. Lo único certero allí era que ninguno de los presentes reparó en su cuerpecito delgado y maltrecho todo enroscado.
No hubo cortejo. El carro con el que recogía la leña el padre, fue lo único que pudieron aportar para el traslado, que parecía empujado por el chusmerío insoportable de las criticonas, emulando un coro colocado en las antípodas de un susurro de ángeles.
-¿Te diste cuenta, Poro? Ni una flor en el velatorio Y encima lo llevan en el carro ¡Por favor! ¡Cuánta falta de respeto!
-¡Callate, Dionisia! Pensé que harían el velorio del angelito como ésos de allá que vinieron el año pasado- dijo señalando hacia la derecha- ¡y ahí sí que les saltaba la hilacha a “éstos”!
-¡Poro! ¡Hablá más bajito que sos sorda y te están escuchando! -aportaba una tercera integrante del cortejo de lloronas.
Entre sollozos y cuereadas, llegaron al cementerio; no los dejaron entrar con el caballo ante la excusa de que bosteaba, debiendo aupar los cuerpos para llegar a las sepulturas. Lo único en común que tenían con el resto, era la forma de la cruz. Sólo la forma, porque en el cementerio, la de ellos era de madera ordinaria y las otras de bronce.
Así creció el Monchi; entre la miseria, el dolor, la ignorancia y la culpa. Como pudo terminó la primaria, exhibiendo el certificado con orgullo. Le habían dado un diploma y una medalla que colgó de un clavo en la pieza grande, al lado del espejo redondo que reflejaba sus ojitos rasgados.
Los pelos chuzos y rebeldes que cada mañana acomodaba, le recordaban el esfuerzo de su mamá por domarlos el día de la fiesta de egreso. Al levantar la mano, reparó en su muñeca; en ella portaba una pulsera de bronce que su padre usaba como fetiche.
Un gesto de tristeza lo invadió.
“Un joven, apodado el Monchi, de la zona de la ribera, cargó a su padre en andas hasta el hospital, ante la mordedura de una víbora. El hombre llegó en grave estado y falleció a poco de ingresar al nosocomio”, versaba el titular del pasquín.
¿De dónde habría sacado fuerzas el desgarbado muchachito para concretar tamaña proeza?
No hubo lloronas, ni chusmas; tampoco velatorio. En el hospital lo metieron en una caja de cartón y en una ambulancia partió a paso de hombre cortejado por su mujer, sus hijos y algunos curiosos que cuchicheaban por lo bajo.
-¿Ah visto, doña Juana? Ni pa´l cajón les alcanzó.
-¿Qué será de esos chicos ahora, doña Porota?
A la cruz de madera en la que versaban los nombres de Daniel y José, se sumó el de don Elviro.
Volvieron en silencio, solos; abrazados en su dolor y con la incertidumbre de un futuro que nada les prometía. La madre hizo un mate cocido bien dulce como cena y se recostaron distribuidos en las dos piezas del alto. Esta vez, la ventana quedó abierta.
A través de ella se podía ver una luna que le regalaba al río un reflejo plateado y al Monchi la ilusión de que su papá le agradecía el esfuerzo. Con los ojos hinchados y la panza ruidosa, el sueño le ganó la partida.
Con sus catorce años, el Monchi se hizo hachero y changarín todo servicio. A veces estaba días enteros sin volver a su casa. Algunos, porque terminaba tarde y no hacía a tiempo a regresar; otros, porque se quedaba en el boliche y se trompeaba con los turistas de paso o con algún otro borrachín como él. La angustia de no poder hacer más por los suyos y el peso de la miseria de sus hermanos y su madre, lo sumían en un halo de abstracción que lo separaba cada vez más de la realidad.
En el pueblo era común observar el trato displicente hacia él; en los gestos o al criticarlo de soslayo cuando vagaba incierto. Mientras, las señoras opinaban a través de las ventanas. Parecía que todos tenían la solución a sus problemas, pero no se lo hacían saber. Era un nadie y era un todo.
Aquella tarde, en una changa para el parrillero del pueblo, le pidieron que encendiera el carbón porque vendrían unos visitantes al hotel. Le arrojaron una pila de diarios para iniciar el fuego, pero uno de los periódicos se corrió por el costado, dejando a tiro de sus ojos el titular que leyó con dificultad:“Se instalará en el pueblo un gimnasio de boxeo”, versaba el anuncio justo al lado de una noticia de la capital, en la que describían la llegada de un político importante en el ómnibus de las nueve.
-Diga, don Manuel, ¿esto es nuevo?- preguntó interesado.
-¿El diario? Sí, Monchi. Estos dos que vienen, creo que son los dueños de la escuela de boxeo ¿Te los presento?
Era la primera vez en mucho tiempo, quizá desde que salió de la escuela, que alguien del pueblo se interesaba por él.
-¡¿Quién te dice, te hacés famoso y ganás mucha plata?! ¡Con esa zurda que tenés los noqueás a todos!- se entusiasmaba don Manuel pensando en la tajada que le proporcionaría el mencionar al Monchi -¡Dale! Prendé el fuego y después venite. No, mejor te vengo a buscar. Pero ponete otra pilcha así causás buena impresión- le sugirió casi imperioso don Manuel.
-Don Manuel, no tengo más ropa- replicó avergonzado, como tragándose las palabras.
-Ya te busco algo. Así no podés hablar con nadie. Antes de cambiarte, date una ducha con la manguera para sacarte el olor a humo.
El agua estaba bastante fría, pero el jabón olía bien. Era de esos que vendían en lo de la Porota. Sobre la silla de lata, observó una remera amarilla, un poco gastada, pero limpia y sin roturas. El pantalón marrón con la raya bien planchada, como el que usaba su papá en la foto de casamiento, lo esperaba ansioso, o él estaba ansioso de portarlo ¡Hasta un par de ojotas le había prestado! Cepilló sus uñas para sacarse el carbón y se peinó como pudo hacia el costado. De pie, para no arrugarse, esperó a que lo llamasen.
-¡Vení, pibe!
Raudo, casi de un salto se apropincuó a la derecha de don Manuel.
-Éste es el pibe -indicó solícito dirigiéndose a los forasteros- ¡Ni se imaginan la zurda que tiene!
-Qué mañana venga a entrenar, entonces -respondió el de bigotes.
Sin demasiados protocolos, el hacha y el carro fueron trocados por los guantes y el ring, en aquel galpón abandonado de la calle ancha donde montaron un cuadrilátero ordinario, pero efectivo. Lo completaban un par de letrinas, dos duchas de agua fría y unas bolsas para ejercitarse. Para tentarlo y que no abandonase, porque era bueno, le tiraban unos pesos por pelea y lo dejaban dormir en el gimnasio como sereno. A la mamá y a la hermanita que le seguía a él, las emplearon en limpieza. El bufet, le quedó a don Manuel.
Sin tirar manteca al techo, a decir de las chusmas, la realidad de la familia parecía haber empezado a cambiar. Al menos podían cenar todos los días y el mate cocido quedaba reservado para la tarde y el desayuno; ya no había necesidad de engañar a la panza con su dulzor amargo ante la inexistencia de una comida nocturna. Alguna secuela de la desnutrición le quebraba uno que otro dedo en las peleas, pero él seguía. Se lo debía a su familia.
El periódico local alimentaba sus páginas con la novedad del “Gimnasio”, como lo llamaban, mientras el muchacho ganaba musculatura. Por tercera vez, el titular lo nombraba:
“El Monchi representará al pueblo en una pelea por el título mosca”, ostentaba en primera plana el pasquín.
Aquel sábado por la noche, los televisores y las radios se encendieron al unísono. Hasta las viejas copetudas lo vitoreaban a la distancia.
En la capital de la provincia, el Monchi, con su ceja sangrando, obviaba el dolor pensando en lo que había sido su vida. Cada puño que golpeaba contra sus pómulos le refrescaba la memoria de las tragedias, incitándolo a replicar con más bravura contra el rival.
Sintió como se desgarraba su ceja derecha mientras sus bíceps tomaban impulso.
-Por el Dany, por Josecito…por vos, viejo- anestesiaba las bofetadas.
Cuando el dolor lo tentaba al abandono, buscaba en el presente la razón para seguir.
-Viejita ya está. Ahora vas a descansar los domingos. Te voy a comprar la pilcha y los jabones- cloroformizaba su mente ante la arremetida del rival.
Ganó por puntos. Con tres falanges quebradas y dos dientes menos. La ceja no contó. Pero ganó.
Y el titular vitoreaba:
“Con una zurda implacable, el Monchi le arrebató al campeón nacional el título mosca”
Al entrar al pueblo lo ovacionaron; se sintió el mejor. Un auto lo dejó en la puerta del galpón donde su mamá, debajo de una guirnalda de banderines de colores, rodeada del resto de la prole y unos ojos llorosos de emoción, lo abrazó. Fuerte. Hermosamente fuerte a pesar de su extrema delgadez. Todos se abalanzaban para tocarlo y besarlo. Hasta la Dionisia y la Juana se arremolinaron para la foto. La Porota le entregó una caja de jabones envuelta en tul, que él le obsequió a su mamá junto a las flores que le había comprado en la capital. Las jovencitas le regalaron muñequitos y lo invitaron al vermut de la tardecita. Monchi, absorto, se dejó llevar por el momento.
Unos días más tarde, el cintillo lo devolvía al mundo real:
“Acusaron de corrupción a los sponsors del Monchi, poniendo en riesgo la pelea. Parece que fue comprada”.
Apelando a un mutis silencioso, desaparecieron el gimnasio y los sponsors, en tanto don Manuel, quien mantuvo el quiosco abierto, ayudaba, dentro de sus posibilidades, a Monchi y a su familia. En un gesto de aparente solidaridad, el descubridor del campeón, le consiguió un abogado al chico para que reclamase el saldo adeudado y pudiese obtener una indemnización, mientras la desesperanza comenzaba a roer las entrañas.
-Pibe. Hoy vendrá un señor de la capital. Es un abogado que tratará de solucionar el tema de tu paga -irrumpía don Manuel al regresar de la telefónica.
-Esta vez, don Manuel, no tendrá que prestarme ropa- esbozó el boxeador ostentando un jean y una camisa mientras levantaba la pierna para exhibir las zapatillas.
-Dejate de jorobar y tomalo en serio, por favor, que esto es grave.
A las cuatro de la tarde en punto, se sentaron en la mesita del buffet.
-¡¿Ha visto, m’hijo el traje que lleva el de la capital?! -exclamaba asombrada la mamá del Monchi -¡Y mire el maletín con candado! Debe ser un señor importante. Hágale caso, por favor, que acá la cosa anda galgueando de nuevo.
Mientras don Manuel le hacía señas al muchacho, su mamá trataba de acomodarle los cabellos.
-Señ…perdón. Dotor Mansilla, le presento al Monchi.
Monchi se apresuró a extender su mano franca, aunque maltrecha.
-Encantado, señ…digo, dotor.
-Vos, Monchi contale a este señ…digo, dotor, todo lo que te pasó con los tipos del galpón. Él va a conseguir que te paguen lo que te deben.
-Sí, don Manuel
-Claro que de ahí me corresponde un porcentaje -le susurró el patrón al oído.
El juicio finalmente se ganó y Monchi debió viajar a la capital para cobrarlo. Su madre le había pedido casi de rodillas que no fuera solo, que don Manuel lo secundase. Sin embargo, la desobedeció.
A su regreso, ni bien descendió del micro de larga distancia y frente a su madre, dos desconocidos le dispararon sendos tiros; con Monchi aun jadeando tomaron el bolso con el dinero y huyeron, desparramando el paquete con las masas finas en el que podía leerse la inscripción:“Gracias mamá”, escrito con torpeza.
“Dos delincuentes llegaron al pueblo y mataron al Monchi frente a su madre. El pueblo acompaña su dolor”, versaba el pasquín.