lunes, 8 de junio de 2026

TERCER PREMIO 
MENCIÓN ESPECIAL AL PERSONAJE MEJOR CONSTRUIDO
MENCIÓN ESPECIAL MEJOR TECNICA DE COMPOSICION DE UN PERSONAJE

TITULARES DE UN PASQUÍN OPORTUNISTA

Por CORINA BEATRIZ PACCAGNELLA DNI 16.472.252. Ciudad de Bs As 

Otra vez el Monchi protagonizaba la primera plana del diario local. Los pobladores más antiguos concluyeron en que el muchacho había hecho mérito para encabezar el titular, aunque los hechos sembraban cierta duda.
Veinte años antes, en una casucha emplazada a orillas del río, casi en la desembocadura del Paraguay, quizá por casualidad, su madre lo parió del lado argentino.
Tal vez por ser el primero o porque su compañero estaba internado en el monte, fue asistida por la comadrona en la soledad de ese cubículo orillero, erigido en medio de una arboleda cercana a Remansito; para los otros siete, sólo el río estaría de testigo.
Dos piezas pequeñas para albergar a los ocho, porque sólo quedaban vivos seis de los hijos. A los dos más chicos, una crecida machaza, los tomó por sorpresa debajo de los postes y los arrolló río abajo. Al bracero también.
“Fueron encontrados por su hermanito, de apenas ocho años, apodado el Monchi, los cuerpos sin vida de Daniel y Josecito, buscados con desesperación desde hacía cuatro días”, versaba el titular de los policiales.
Tres víctimas para una tragedia ¿Quién le quitaría a Monchi esa imagen de sus pesadillas?
Sin embargo, fue el primer día que percibió que el pueblo los registraba, pues la muerte conmociona, espanta; y ésta no era la excepción. La pobreza afloraba como yuyo en el pastizal, exponiendo la hipocresía de los pueblerinos, quienes se mostraban asombrados ante sus necesidades.
Una ausencia total de flores y de recuerdos. En la baranda de la escalera que conducía a la pieza donde se desarrollaba el velatorio, unas ramas costeras, entrelazadas, oficiaban de coronas. Arriba, dos ataúdes pequeños, de madera berreta, abrazados por una madre enajenada de su alma, rodeada de las infaltables lloronas que gemían debajo de sus negros y ajados atuendos. En tanto, una lamparita de veinticinco proveía algo de luz. Las pupilas dilatadas, por el llanto y la precaria iluminación, ensombrecían aún más la escena. Allí, en la pared que daba al río, una única ventana; cerrada para que las almas no se perdieran en el viaje. La pobreza parecía querer colarse por los intersticios que exhibían los tablones de las paredes y se montaba en un sol que competía, ventajoso, con la bombilla amarillenta.
Abajo, cercano a uno de los palos, sentado sobre sus cuclillas, con la espalda apoyada sobre un trasto que sobreviviera a la inundación, el Monchi clavaba sus ojitos enrojecidos en la nada, quizá preguntándose aquello que no tenía respuesta; indagando lo inexplicable. Lo único certero allí era que ninguno de los presentes reparó en su cuerpecito delgado y maltrecho todo enroscado.
No hubo cortejo. El carro con el que recogía la leña el padre, fue lo único que pudieron aportar para el traslado, que parecía empujado por el chusmerío insoportable de las criticonas, emulando un coro colocado en las antípodas de un susurro de ángeles.
-¿Te diste cuenta, Poro? Ni una flor en el velatorio Y encima lo llevan en el carro ¡Por favor! ¡Cuánta falta de respeto!
-¡Callate, Dionisia! Pensé que harían el velorio del angelito como ésos de allá que vinieron el año pasado- dijo señalando hacia la derecha- ¡y ahí sí que les saltaba la hilacha a “éstos”!
-¡Poro! ¡Hablá más bajito que sos sorda y te están escuchando! -aportaba una tercera integrante del cortejo de lloronas.
Entre sollozos y cuereadas, llegaron al cementerio; no los dejaron entrar con el caballo ante la excusa de que bosteaba, debiendo aupar los cuerpos para llegar a las sepulturas. Lo único en común que tenían con el resto, era la forma de la cruz. Sólo la forma, porque en el cementerio, la de ellos era de madera ordinaria y las otras de bronce.
Así creció el Monchi; entre la miseria, el dolor, la ignorancia y la culpa. Como pudo terminó la primaria, exhibiendo el certificado con orgullo. Le habían dado un diploma y una medalla que colgó de un clavo en la pieza grande, al lado del espejo redondo que reflejaba sus ojitos rasgados.
Los pelos chuzos y rebeldes que cada mañana acomodaba, le recordaban el esfuerzo de su mamá por domarlos el día de la fiesta de egreso. Al levantar la mano, reparó en su muñeca; en ella portaba una pulsera de bronce que su padre usaba como fetiche.
Un gesto de tristeza lo invadió.
“Un joven, apodado el Monchi, de la zona de la ribera, cargó a su padre en andas hasta el hospital, ante la mordedura de una víbora. El hombre llegó en grave estado y falleció a poco de ingresar al nosocomio”, versaba el titular del pasquín.
¿De dónde habría sacado fuerzas el desgarbado muchachito para concretar tamaña proeza?
No hubo lloronas, ni chusmas; tampoco velatorio. En el hospital lo metieron en una caja de cartón y en una ambulancia partió a paso de hombre cortejado por su mujer, sus hijos y algunos curiosos que cuchicheaban por lo bajo.
-¿Ah visto, doña Juana? Ni pa´l cajón les alcanzó.
-¿Qué será de esos chicos ahora, doña Porota?
A la cruz de madera en la que versaban los nombres de Daniel y José, se sumó el de don Elviro.
Volvieron en silencio, solos; abrazados en su dolor y con la incertidumbre de un futuro que nada les prometía. La madre hizo un mate cocido bien dulce como cena y se recostaron distribuidos en las dos piezas del alto. Esta vez, la ventana quedó abierta.
A través de ella se podía ver una luna que le regalaba al río un reflejo plateado y al Monchi la ilusión de que su papá le agradecía el esfuerzo. Con los ojos hinchados y la panza ruidosa, el sueño le ganó la partida.
Con sus catorce años, el Monchi se hizo hachero y changarín todo servicio. A veces estaba días enteros sin volver a su casa. Algunos, porque terminaba tarde y no hacía a tiempo a regresar; otros, porque se quedaba en el boliche y se trompeaba con los turistas de paso o con algún otro borrachín como él. La angustia de no poder hacer más por los suyos y el peso de la miseria de sus hermanos y su madre, lo sumían en un halo de abstracción que lo separaba cada vez más de la realidad.
En el pueblo era común observar el trato displicente hacia él; en los gestos o al criticarlo de soslayo cuando vagaba incierto. Mientras, las señoras opinaban a través de las ventanas. Parecía que todos tenían la solución a sus problemas, pero no se lo hacían saber. Era un nadie y era un todo.
Aquella tarde, en una changa para el parrillero del pueblo, le pidieron que encendiera el carbón porque vendrían unos visitantes al hotel. Le arrojaron una pila de diarios para iniciar el fuego, pero uno de los periódicos se corrió por el costado, dejando a tiro de sus ojos el titular que leyó con dificultad:“Se instalará en el pueblo un gimnasio de boxeo”, versaba el anuncio justo al lado de una noticia de la capital, en la que describían la llegada de un político importante en el ómnibus de las nueve.
-Diga, don Manuel, ¿esto es nuevo?- preguntó interesado.
-¿El diario? Sí, Monchi. Estos dos que vienen, creo que son los dueños de la escuela de boxeo ¿Te los presento?
Era la primera vez en mucho tiempo, quizá desde que salió de la escuela, que alguien del pueblo se interesaba por él.
-¡¿Quién te dice, te hacés famoso y ganás mucha plata?! ¡Con esa zurda que tenés los noqueás a todos!- se entusiasmaba don Manuel pensando en la tajada que le proporcionaría el mencionar al Monchi -¡Dale! Prendé el fuego y después venite. No, mejor te vengo a buscar. Pero ponete otra pilcha así causás buena impresión- le sugirió casi imperioso don Manuel.
-Don Manuel, no tengo más ropa- replicó avergonzado, como tragándose las palabras.
-Ya te busco algo. Así no podés hablar con nadie. Antes de cambiarte, date una ducha con la manguera para sacarte el olor a humo.
El agua estaba bastante fría, pero el jabón olía bien. Era de esos que vendían en lo de la Porota. Sobre la silla de lata, observó una remera amarilla, un poco gastada, pero limpia y sin roturas. El pantalón marrón con la raya bien planchada, como el que usaba su papá en la foto de casamiento, lo esperaba ansioso, o él estaba ansioso de portarlo ¡Hasta un par de ojotas le había prestado! Cepilló sus uñas para sacarse el carbón y se peinó como pudo hacia el costado. De pie, para no arrugarse, esperó a que lo llamasen.
-¡Vení, pibe!
Raudo, casi de un salto se apropincuó a la derecha de don Manuel.
-Éste es el pibe -indicó solícito dirigiéndose a los forasteros- ¡Ni se imaginan la zurda que tiene!
-Qué mañana venga a entrenar, entonces -respondió el de bigotes.
Sin demasiados protocolos, el hacha y el carro fueron trocados por los guantes y el ring, en aquel galpón abandonado de la calle ancha donde montaron un cuadrilátero ordinario, pero efectivo. Lo completaban un par de letrinas, dos duchas de agua fría y unas bolsas para ejercitarse. Para tentarlo y que no abandonase, porque era bueno, le tiraban unos pesos por pelea y lo dejaban dormir en el gimnasio como sereno. A la mamá y a la hermanita que le seguía a él, las emplearon en limpieza. El bufet, le quedó a don Manuel.
Sin tirar manteca al techo, a decir de las chusmas, la realidad de la familia parecía haber empezado a cambiar. Al menos podían cenar todos los días y el mate cocido quedaba reservado para la tarde y el desayuno; ya no había necesidad de engañar a la panza con su dulzor amargo ante la inexistencia de una comida nocturna. Alguna secuela de la desnutrición le quebraba uno que otro dedo en las peleas, pero él seguía. Se lo debía a su familia.
El periódico local alimentaba sus páginas con la novedad del “Gimnasio”, como lo llamaban, mientras el muchacho ganaba musculatura. Por tercera vez, el titular lo nombraba:
“El Monchi representará al pueblo en una pelea por el título mosca”, ostentaba en primera plana el pasquín.
Aquel sábado por la noche, los televisores y las radios se encendieron al unísono. Hasta las viejas copetudas lo vitoreaban a la distancia.
En la capital de la provincia, el Monchi, con su ceja sangrando, obviaba el dolor pensando en lo que había sido su vida. Cada puño que golpeaba contra sus pómulos le refrescaba la memoria de las tragedias, incitándolo a replicar con más bravura contra el rival.
Sintió como se desgarraba su ceja derecha mientras sus bíceps tomaban impulso.
-Por el Dany, por Josecito…por vos, viejo- anestesiaba las bofetadas.
Cuando el dolor lo tentaba al abandono, buscaba en el presente la razón para seguir.
-Viejita ya está. Ahora vas a descansar los domingos. Te voy a comprar la pilcha y los jabones- cloroformizaba su mente ante la arremetida del rival.
Ganó por puntos. Con tres falanges quebradas y dos dientes menos. La ceja no contó. Pero ganó.
Y el titular vitoreaba:
“Con una zurda implacable, el Monchi le arrebató al campeón nacional el título mosca”
Al entrar al pueblo lo ovacionaron; se sintió el mejor. Un auto lo dejó en la puerta del galpón donde su mamá, debajo de una guirnalda de banderines de colores, rodeada del resto de la prole y unos ojos llorosos de emoción, lo abrazó. Fuerte. Hermosamente fuerte a pesar de su extrema delgadez. Todos se abalanzaban para tocarlo y besarlo. Hasta la Dionisia y la Juana se arremolinaron para la foto. La Porota le entregó una caja de jabones envuelta en tul, que él le obsequió a su mamá junto a las flores que le había comprado en la capital. Las jovencitas le regalaron muñequitos y lo invitaron al vermut de la tardecita. Monchi, absorto, se dejó llevar por el momento.
Unos días más tarde, el cintillo lo devolvía al mundo real:
“Acusaron de corrupción a los sponsors del Monchi, poniendo en riesgo la pelea. Parece que fue comprada”.
Apelando a un mutis silencioso, desaparecieron el gimnasio y los sponsors, en tanto don Manuel, quien mantuvo el quiosco abierto, ayudaba, dentro de sus posibilidades, a Monchi y a su familia. En un gesto de aparente solidaridad, el descubridor del campeón, le consiguió un abogado al chico para que reclamase el saldo adeudado y pudiese obtener una indemnización, mientras la desesperanza comenzaba a roer las entrañas.
-Pibe. Hoy vendrá un señor de la capital. Es un abogado que tratará de solucionar el tema de tu paga -irrumpía don Manuel al regresar de la telefónica.
-Esta vez, don Manuel, no tendrá que prestarme ropa- esbozó el boxeador ostentando un jean y una camisa mientras levantaba la pierna para exhibir las zapatillas.
-Dejate de jorobar y tomalo en serio, por favor, que esto es grave.
A las cuatro de la tarde en punto, se sentaron en la mesita del buffet.
-¡¿Ha visto, m’hijo el traje que lleva el de la capital?! -exclamaba asombrada la mamá del Monchi -¡Y mire el maletín con candado! Debe ser un señor importante. Hágale caso, por favor, que acá la cosa anda galgueando de nuevo.
Mientras don Manuel le hacía señas al muchacho, su mamá trataba de acomodarle los cabellos.
-Señ…perdón. Dotor Mansilla, le presento al Monchi.
Monchi se apresuró a extender su mano franca, aunque maltrecha.
-Encantado, señ…digo, dotor.
-Vos, Monchi contale a este señ…digo, dotor, todo lo que te pasó con los tipos del galpón. Él va a conseguir que te paguen lo que te deben.
-Sí, don Manuel
-Claro que de ahí me corresponde un porcentaje -le susurró el patrón al oído.
El juicio finalmente se ganó y Monchi debió viajar a la capital para cobrarlo. Su madre le había pedido casi de rodillas que no fuera solo, que don Manuel lo secundase. Sin embargo, la desobedeció.
A su regreso, ni bien descendió del micro de larga distancia y frente a su madre, dos desconocidos le dispararon sendos tiros; con Monchi aun jadeando tomaron el bolso con el dinero y huyeron, desparramando el paquete con las masas finas en el que podía leerse la inscripción:“Gracias mamá”, escrito con torpeza.
“Dos delincuentes llegaron al pueblo y mataron al Monchi frente a su madre. El pueblo acompaña su dolor”, versaba el pasquín.

domingo, 7 de junio de 2026

SEGUNDO PREMIO
MENCIÓN ESPECIAL AL MEJOR FINAL
MENCIÓN ESPECIAL AL PERSONAJE MEMORABLE


LA VIUDA DEL TIGRE
Por Eric Alexis Romero DNI 38.542.020. Centenario - Ciudad de Neuquén

 

La primera vez que escuché hablar de aquel asunto fue en una ronda de pescadores, allá por la costa barrosa del Pilcomayo Medio, una tarde tibia y amarillenta de invierno. Ya se sabe lo mentirosos que son los pescadores. Son hombres capaces de exagerar el tamaño de un surubí, la profundidad de un remanso o la furia de una tormenta con la misma naturalidad con la que ceban un mate. Por eso no le di demasiada importancia. Escuché la historia, asentí un par de veces y seguí con lo mío. A los pocos días, si soy sincero, el episodio se me había borrado casi por completo de la memoria.

Pero los relatos tienen maneras extrañas de regresar.

A veces vuelven disfrazados de casualidad.

Otras, como aquella vez, vuelven con insistencia.

Días después, sin ningún vínculo aparente con aquella ronda de pescadores, me topé nuevamente con el tema en una publicación perdida de redes sociales. Era apenas un comentario breve, enterrado entre fotografías de pesca y noticias locales. Sin embargo, bastó una frase para que algo se encendiera dentro mío: Murieron los dos.

Entonces recordé.

El rumor decía que, en algún lugar cercano al Pilcomayo Medio, un hombre y un tigre habían luchado en combate singular y que el resultado había sido un empate feroz y definitivo: ambos habían terminado muertos.

Así contado parecía el tipo de historia destinada a deformarse con el tiempo, a crecer de boca en boca como crecen las leyendas en el monte. Pero también parecía una de esas historias que buscan desesperadamente un narrador. Los bardos griegos decían que ciertos relatos llegan hasta uno para ser contados, aunque arriben cubiertos de exageraciones, deformidades y desmesuras.

Y quizá aquello me estaba ocurriendo exactamente a mí. Porque para un escritor, una historia así deja demasiados huecos. Hay que caminarla, olerla, palparla, preguntarla, ver qué parte pertenece a la realidad y cuál a la fiebre de la imaginación popular. Mientras más verdadera resulte una historia, más poderosa puede llegar a ser la literatura que se construya alrededor de ella.

Con esa idea en la cabeza, un domingo por la mañana cargué un termo, unos mates y salí rumbo a los lugares donde, según los rumores, había ocurrido aquel combate imposible.

No me resultó difícil encontrar rastros.

Casi todos parecían recordar el hecho.

Terminé sentado bajo un alero de tejas de palma, junto a tres pescadores viejos que remendaban líñadas y destripaban bogas con la lentitud ritual de los hombres acostumbrados al río.

Fue entonces cuando ocurrió algo que terminó de conmoverme.

Una anciana pasó caminando frente a nosotros. Llevaba un vestido oscuro y un pañuelo gris atado bajo el mentón. Caminaba despacio, ayudándose con un bastón de palo de escoba, pero conservaba una extraña dignidad en la postura. Los pescadores la saludaron con afecto.

—Buen día, doña Eulogia.

—Buen día, muchachos.

Ella siguió su camino.

Y uno de los hombres murmuró apenas, cuando ya estaba lejos:

—Ahí va la viuda del tigre.

Sentí un escalofrío leve. Pregunté, naturalmente. Los tres se miraron entre sí con esa expresión que tienen los hombres del interior cuando deciden si vale la pena contar algo o no. Finalmente, el más viejo escupió hacia un costado y dijo:

—No era viuda de un tigre… era la mujer de Colá Albornoz. Pero desde aquello le quedó el apodo.

Entonces me relataron la historia, y por primera vez sentí que el asunto era real. Décadas atrás, un yaguareté había empezado a llevarse chivos y ovejas de varios corrales cercanos. No era raro. El monte todavía conservaba zonas espesas y silenciosas donde el gran tigre americano podía ocultarse durante semanas enteras sin ser visto.

Pero aquel animal había perdido el miedo.

Ya no cazaba solamente de noche.

Aparecía cerca de las casas.

Los perros no ladraban cuando andaba cerca; se escondían.

Las lecheras se inquietaban.

Y los hombres empezaron a caminar armados incluso para ir a buscar agua.

Nicolás Albornoz era puestero. Un hombre duro, acostumbrado al monte, de esos criollos flacos y nervudos que parecen hechos de cuero seco y tendones. Vivía con su mujer y dos hijos pequeños en un puesto apartado, levantado entre vinales y palmares bajos.

Cuando el tigre comenzó a rondar sus animales, Colá decidió vigilar el corral personalmente.

Durante varias noches no ocurrió nada.

Hasta aquella tarde.

Según reconstruyeron después, Nicolás regresaba por una picada angosta cuando el animal lo emboscó. El ataque fue instantáneo.

Los yaguaretés no rugen antes de matar.

Caen.

Eso hacen.

Caen desde el silencio.

El tigre lo golpeó desde un costado y ambos rodaron entre el barro y las hojas secas. Nicolás alcanzó a cubrirse parcialmente con el brazo, pero el animal consiguió afirmarse sobre él y morderlo cerca de la nuca, buscando partirle el cuello como hacen con los moritos y los guazunchos.

Y allí debió comenzar aquella lucha espantosa.

Imagino el olor de la sangre.

El jadeo.

La tierra removida.

Las uñas del animal desgarrando la camisa, el vientre, arrancando tripas. con su peso monstruoso encima del hombre.

Pero Nicolás Albornoz no murió enseguida.

Tal vez por instinto.

Tal vez por desesperación.

Tal vez porque ciertos hombres nacen con una resistencia animal para aferrarse a la vida.

Lo cierto es que logró girar parcialmente el cuerpo y sacar el puñal que llevaba en la cintura. Entonces empezó a herir al tigre una y otra vez.

Puñaladas cortas.

Ciegas.

Furiosas.

Hasta que el animal finalmente soltó la mordida.

Herido de muerte, el yaguareté se apartó tambaleando entre los matorrales.

Nicolás quedó tendido.

Desangrándose.

Con la nuca abierta.

Consciente todavía.

Y aquí la historia abandona definitivamente el territorio de lo ordinario.

Porque según contaron quienes encontraron el cuerpo, Colá logró arrastrarse unos metros hasta un tronco caído. Y allí, utilizando la sangre que brotaba de sus heridas, mezcladas con las del yaguareté, escribió unas palabras dirigidas a su mujer.

Nadie quiso repetirlas.

Quizá porque eran demasiado íntimas.

Quizá porque el tiempo las deformó.

Quizá porque ciertas frases pertenecen únicamente a los muertos.

La búsqueda comenzó cuando no regresó al anochecer. Horas más tarde salieron vecinos, baqueanos y finalmente la policía.

Encontraron primero al tigre.

Había muerto entre unos pajonales, no muy lejos del lugar del combate. Aún tenía el hocico ensangrentado y varias heridas profundas en el vientre, en la tabla del pescuezo, detrás de las paletas…

Después encontraron a Nicolás.

Recostado contra el tronco.

Ya sin vida.

Y alrededor de él había señales brutales de pelea: barro removido, ramas quebradas, sangre por todas partes y marcas de garras sobre la tierra endurecida.

Los policías de entonces describieron todo. Hubo un sumario. Algunas crónicas policiales publicaron la noticia durante unos pocos días y luego el asunto comenzó lentamente a hundirse en ese pantano donde terminan las historias del interior profundo.

Pero no desapareció del todo. Sobrevivió en la memoria oral. En los fogones, en las ruedas de pescadores y sobre todo sobrevivió en el apodo de aquella anciana: La viuda del tigre.

Después de escuchar todo aquello pedí que me indicaran el lugar exacto donde había ocurrido.

Uno de los pescadores me señaló hacia el oeste.

—La picada ya casi no existe —me dijo—. El monte se la tragó de nuevo.

Fui hasta allí esa misma tarde.

No encontré demasiado. Un sendero apenas visible entre vinales, caraguatas, algunas palmas, mosquitos y silencio.

Pero sí descubrí algo extraño.

En ciertos lugares, el monte parece guardar memoria.

No hablo de fantasmas ni de supersticiones. Hablo de una sensación difícil de explicar. Como si determinados hechos dejaran impregnado algo invisible en el paisaje.

Allí ocurría eso.

El sitio tenía una quietud pesada.

Incluso los pájaros parecían cantar diferente, como más lejos y menos alegres.

Caminé un rato entre los árboles hasta hallar un viejo tronco semipodrido, vencido entre las malezas. Podía no ser el mismo. Seguramente no lo era. Sin embargo, algo hizo que me sentara allí un momento a fumar y entonces pensé en Nicolás Albornoz.

Pensé en el terror de sentir sobre uno el peso de un yaguareté adulto.

Pensé en la decisión absurda y a su vez heroica de seguir peleando.

Pensé en ese último esfuerzo imposible para escribir unas palabras de despedida mientras la vida se le escapaba.

Y comprendí que tal vez el verdadero centro de la historia no era el tigre.

Ni siquiera el combate.

Sino aquello que un hombre decide hacer en los últimos minutos de su existencia.

Porque Colá Albornoz, pudiendo abandonarse a la muerte, eligió pelear primero y despedirse después.

El sol empezaba a caer cuando regresé al pueblo.

Antes de irme pasé nuevamente frente a la casa de la anciana. La vi sentada afuera, en un sillón de trama pobre, mirando la calle vacía.

Por un instante pensé en acercarme y preguntarle si todavía recordaba las palabras escritas con sangre por su marido.

Pero no lo hice.

Hay historias que uno puede investigar.

Y hay otras que deben conservar una parte en sombras.

Quizá porque el misterio también forma parte de la verdad.

O quizá porque ciertas despedidas pertenecen solamente a quienes las recibieron.





 

PRIMER PREMIO

MENCIÓN ESPECIAL A LA IMAGINACIÓN Y ORIGINALIDAD LITERARIA

El reloj solar de la Plaza San Martín

Por Luis Carlos Ferreira DNI 28.827.871 Ciudad de Formosa

Mi abuelo era relojero, le gustaba pensar que cada amanecer era un nuevo cuento. Yo era muy chico cuando me contó por primera vez sobre el reloj solar que estaba en la plaza San Martín, que fuera donado por la Asociación de Relojeros de la provincia, y que tras años de perfecto funcionamiento un día por extrañas razones que solo Dios sabe, empezara a dar las horas hacia atrás, convirtiendo bachilleres en escolares, eneros en diciembres, desengaños en posibilidades, amores inmortales en gratas ilusiones, lluvias en negros nubarrones y goles de final en silencio contenido. En otras palabras: consecuencias en sus propias causas. Así eran sus cuentos.
Estaba solo, y estaba viejo mi abuelo. A veces me quedaba a dormir en su casa y le pedía que me cuente una nueva parte de la historia del reloj solar. Me juraba que en aquella época pudo ver en la plaza cómo los niños decrecían en la calesita, y cómo llovía desde los charcos, y cómo un día desde el puente de la lagunita vió unas ondas circulares que se cerraban sobre la superficie y cómo luego una piedra seca saltó hasta su mano. También me contó de una mariposa que regresó a su crisálida para luego de unos días encogerse bajando por las espinosas curvas de un palo borracho.
Aseguraba que figuró varias maneras de arreglar el reloj, pero no tuvo éxito porque todas las soluciones con las que daba concluían en suposiciones.
Tenía un cuaderno mi abuelo, un cuadernito rojo, donde escribía todo lo que me contaba. Cada vez una nueva parte de la historia del reloj solar. Después me daba unos crayones y era mi tarea dibujar esos cuentos, y así pasábamos las horas.
Pero con los años, siguiendo la ineludible costumbre, tuve la insolencia de crecer y la adolescencia me empujó hacia otros intereses, los cuales abarcaron la mayor parte de mi tiempo.
La mañana en que mi abuelo murió me había jurado que aquella historia del reloj solar era real. Yo casi no la recordaba. Por supuesto no le creí porque, como se sabe, los años siguieron avanzando.
Las Bellas Artes me llamaron y el estudio me impulsó hacia Córdoba en un viaje de quince horas. Antes de subir al colectivo mi papá me abrazó y me dijo “No olvides nunca de donde sos”... o algo así. El cristal nos separó y lo vi encogerse desde la ventana.
El camino de Formosa a Córdoba se hizo interminable. Quizás hoy hubiera pensado en todo lo que dejaba atrás, pero en aquella época las nuevas experiencias que me aguardaban me incitaban a pensar en lo que me esperaba por delante.
Un gendarme me despertó en Reconquista pidiéndome el DNI. Medio dormido revolví en mi mochila hasta que lo encontré y se lo pasé; el típico control de rutina. Lo inspeccionó con gesto mecánico, me lo devolvió y se fue hacia el siguiente pasajero. Cuando volví a guardar el documento encontré un tesoro invaluable, y me pregunté en qué momento mi papá hubiera metido en mi mochila el cuadernito rojo sin que yo me percatara. Pero ahí estaba, después de tantos años; lo reconocí al instante y se me hizo escuchar la voz de mi abuelo contándome “Historias del reloj solar de la Plaza San Martín que un día por extrañas razones que solo Dios sabe empezó a invertir el sentido de las horas.” Era increíble ese cuadernito rojo. En cierta mágica forma condensaba historias de mi niñez que parecía haber olvidado. Leerlo era de una manera volver a vivirlas, pero sobre todo, de volver a vivir a mi abuelo.
Desde el cuaderno me decía que en los centros de salud los milagros se multiplicaban sobre enfermos que sanaban y los médicos no comprendían para qué estaban ahí. Que los pomberos regalaban mieles en sus tatacuás y que en algún lugar los lobizones se convertían en hombres los jueves de luna llena. Y entendí cómo esos tres barbudos se robaron mi bici vieja aquella nochecita del 5 de enero. Y leí también de una partida de ajedrez que comenzó en jaque y terminó en orden, y de un intuitivo poeta que abandonó a su amada susurrándole al oído “el futuro no existe mi amor”.
Empecé a leer algunas historias de las que -estoy seguro- no llegó a contarme jamás y logré entender mejor a mi abuelo. Y leí cómo una tarde se sorprendió volviendo a ver a mi abuela, después de tantos años, entrando a la casa con una sonrisa y cómo una lágrima trepó por sus mejillas.
Decía siempre mi abuelo “En esos tiempos todo fue muy confuso y de aquello no recuerdo nada... pero lo adivino”.
Y mirá que era ocurrente mi abuelo. Supe que se le cruzó la idea de que las lecturas en aquellos tiempos resignificarían historias y tomó nota de alguna:
Aclaren mi entendimiento,
Y refresquen mi memoria,
Que voy a cantar mi historia.
A los santos del cielo pido,
Que ayuden mi pensamiento:
Les pido en este momento.
Con el cantar se consuela,
Como el ave solitaria,
Una pena estraordinaria,
Que al hombre que lo desvela,
Al compás de la vigüela,
Aquí me pongo a cantar.
Y supo que Fierro al callar curó sus penas sentao junto al jogón con su mujer y sus hijos y que era una delicia el ver cómo pasaba sus días.
Y de libro en libro leyó también mi abuelo cómo una montañosa pared de roca se cerraba ante un ábrete sésamo; cómo un monstruoso insecto una noche tras un sueño intranquilo se desconvertía en Gregorio Samsa; cómo un espejo era ignorado al fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona.
En otro libro leyó el abuelo con sorpresa cómo el gobernador de Chubut se alejaba de una fermoza curva del río Paraguay tomando rumbo del sur.
Anotó el abuelo que en ese momento dejó caer la birome y suspirando reflexionó: “Aijue pucha… no somos nada.” Pucha decía mi abuelo. Aijue pucha decía.
Y el cuadernito rojo no paraba. En una página anotó sobre oscuras golondrinas que no fueran ya sino meros aprendices de nombres.
En la radio desescuchaba canciones, y un juglar le demostró que los versos atemporales también existen. Anotó:
Las vaquitas son ajenas,
Las penas son de nosotros,
Se van por la misma senda,
Las penas y las vaquitas.
El arriero va, el arriero va,
Como sombra en la sombra por esos cerros.
Que haga menos pesada mi soledad,
Amalaya la noche traiga un recuerdo.
Siguió escuchando noche tras noche, anotando algunas letras y las canciones lo sumían en profunda melancolía. La última que anotó fué:
Yira... yira...
Que al mundo nada le importa,
Verás que nada es amor,
Verás que todo es mentira.
Y se preguntó qué era entonces el destino, y si el postvenir auguraba un pasado venturoso. Esperanzado consultó volúmenes de cierta enciclopedia y se enteró de cómo una multitud enardecida construía un muro en Berlín, un imperio anglosajón abandonaba sus tierras, un corso era puesto en libertad en una isla, una nación sin litoral prosperaba al sur de un imperio sudamericano, el sol giraba alrededor del orbe, brujas y herejes eludían el castigo del fuego, un navegante genovés prescindía de un mundo mayor, un inventor florentino lo ignoraba todo, un joven veneciano desconocía a su Gran Kan, un osado rabí convertía el vino en agua, una llama sagrada trasmutaba en zarza, un minotauro merodeaba cerca de una obra con bifurcaciones, un barquero obsequiaba monedas de plata y cuarenta siglos de pirámides eran destruídos.
Y siguió leyendo y supo de hombres que dejaban de adorar a un dios primigenio en nombre de una semilla e imaginaban animales sobre la piedra desnuda y se convertían en protohombres. Y de cómo enormes bestias mutaban hacia seres acuáticos que disminuían su tamaño a niveles microscópicos y todo se convertía en nada y nada lo era todo y todo lo era nada. Y pensó en la cualidad perversa del tiempo, y razón no le faltó. Al cuadernito rojo lo tengo acá conmigo, pero cómo extraño a mi abuelo.








 

sábado, 6 de junio de 2026

 Estos días estaré contándoles entretelones de la Primer Concurso Bienal de Cuentos y Relatos del CLUB LITERARIO, de la Asociación Italiana De Formosa.

Ahora conocerán la nómina de los cuentos ganadores y el fundamento para discernir cada uno de los premios y distinciones otorgados
01 PRIMER PREMIO
Para el cuento "EL RELOJ SOLAR DE LA PLAZA SAN MARTÍN"
Por la originalidad de su propuesta literaria, la solidez de su construcción narrativa y la extraordinaria capacidad imaginativa demostrada por su autor, integrando con singular eficacia imaginación, emoción y excelencia literaria.
02 SEGUNDO PREMIO
Para el cuento "LA VIUDA DEL TIGRE"
Por la excelencia de su construcción narrativa, la fuerza de sus personajes, la profundidad emocional de su relato y su notable capacidad para transformar una historia de raíz regional en una experiencia literaria de alcance universal.
03 TERCER PREMIO
Para el cuento "TITULARES DE UN PASQUÍN OPORTUNISTA"
Por la originalidad de su estructura narrativa, la profundidad humana de sus personajes y la lúcida mirada social desarrollada a lo largo de toda la obra.
04 MENCIÓN DE HONOR DEL JURADO
Instituido para destacar aquella pieza literaria que a criterio del jurado merece la distinción por sus destacados valores literarios y el elevado nivel narrativo alcanzado dentro del conjunto de obras participantes.
Para el cuento “EL HACHA”,
Por la excelente premisa narrativa, la muy original elección del narrador, la fuerte identidad regional e histórica, el gran trabajo de documentación y la correcta reconstrucción de la Formosa territoriana.
05 MENCIÓN ESPECIAL A LA IMAGINACIÓN Y ORIGINALIDAD LITERARIA
Instituida para distinguir aquellas obras que, mediante el ejercicio de la imaginación y la originalidad creadora, amplían las posibilidades de la narrativa, construyendo universos, situaciones o perspectivas capaces de sorprender, emocionar y enriquecer la experiencia literaria del lector
Para cuento EL RELOJ SOLAR DE LA PLAZA SAN MARTÍN"
Por la amplitud y la coherencia de una propuesta creativa capaz de desarrollar una idea excepcional hasta sus últimas consecuencias literarias. Representa una de las ideas más originales del concurso, por su extraordinaria imaginación conceptual, la excelente relación entre fantasía y emoción, la gran riqueza cultural y literaria, excelente manejo de la nostalgia y la correcta integración de referencias literarias e históricas.
06 MENCIÓN ESPECIAL A LA INNOVACIÓN LITERARIA
Reconoce a propuestas que asumen riesgos formales o conceptuales. Premia el riesgo asumido. Puede ser imperfecta y puede tener fallas, pero intenta algo nuevo
Para el cuento "ESTRAGO CULPOSO"
Por la originalidad de su arquitectura y la incorporación de recursos expresivos que enriquecen y renuevan la experiencia de lectura y que, aunque exija mucha atención y esfuerzo para seguir las líneas narrativas que propone, en ellas se nota mucha ambición, una excelente construcción estructural, gran riqueza conceptual y sobre todo el uso inteligente de múltiples planos narrativos.
07 MENCIÓN ESPECIAL MEJOR TECNICA DE COMPOSICION DE UN PERSONAJE
Instituido para reconocer las mejores técnicas narrativas y destacadas estrategias para la composición y desarrollo de los personajes
Para el cuento "TITULARES DE UN PASQUÍN OPORTUNISTA"
Por la calidad y profundidad de la construcción de su personaje principal. Un relato extraordinariamente humano que combina crítica social, construcción de personaje y una estructura narrativa muy original para contar la vida de un hombre condenado a ser noticia solamente cuando la tragedia golpea su puerta.
08 MENCIÓN ESPECIAL A LA CONTRIBUCION A LA IDENTIDAD REGIONAL
Instituido para destacar la contribución a la construcción y difusión de la identidad regional, integrando con autenticidad el paisaje, la cultura, las tradiciones y los valores humanos que caracterizan a nuestra comunidad.
Para el cuento “EL ULTIMO CANTO DEL URUTAU”
Por la auténtica representación del paisaje y las formas culturales propias de nuestra región y si bien es un cuento de intriga y terror, presenta una notable cantidad de detalles que responden vívidamente a la historia formoseña y por lo tanto representa fuerte contribución a la identidad regional en general y a la del formoseño en particular.
09 MENCIÓN ESPECIAL A LA RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA
Instituida para reconocer el aporte de aquellas obras que recuperan, preservan y proyectan hacia las nuevas generaciones hechos, personajes y experiencias que forman parte de la memoria histórica y cultural de nuestra comunidad
Para el relato "EVARISTO ARIAS"
Por su valioso aporte al rescate y preservación de hechos y experiencias significativas de la memoria colectiva y de la historia. Por momentos, se acerca más al ensayo histórico o al alegato que al cuento literario ya que hay mas información explicativa que construcción dramática, pero La Guerra de la Triple Alianza no es un tema frecuente, lo que hace que aporte un gran interés para su lectura.
10 MENCIÓN ESPECIAL AL RESCATE DE LA TRADICIÓN ORAL
Instituida para reconocer aquellas obras que rescatan, preservan y recrean relatos, leyendas, creencias, saberes y expresiones transmitidas de generación en generación, contribuyendo a la conservación del patrimonio oral y cultural de nuestra comunidad.
Para el cuento “LEYENDA DE CURUZÚ LA NOVIA"
Si bien el texto, por su factura y estrategia narrativa, presenta algunas limitaciones, es muy valioso como rescate de la tradición oral formoseña y como preservación del patrimonio regional. Aunque más cercano a la divulgación folklórica que al cuento literario propiamente dicho la preservación y difusión del patrimonio narrativo transmitido por tradición oral, la recuperación de una leyenda local auténtica posee valor patrimonial y folklórico y puede despertar interés turístico y cultural a la vez que la mantiene vigente y activa en la memoria colectiva
11 MENCIÓN ESPECIAL AL MEJOR FINAL
Instituida para distinguir aquellas obras cuyo desenlace logra integrar con especial eficacia emoción, significado y calidad narrativa, dejando una huella perdurable en la memoria del lector.
Para el cuento "LA VIUDA DEL TIGRE"
Por la sobriedad, profundidad emocional y notable capacidad de sugerencia de un desenlace que preserva el misterio, amplifica el sentido del relato y permanece en la memoria del lector mucho después de concluida la lectura. Esa extraordinaria eficacia narrativa del final no revelando las palabras escritas con sangre por el protagonista, es brillante.
12 MENCIÓN ESPECIAL AL PERSONAJE MEMORABLE
Instituida para distinguir aquellos personajes que, por la intensidad de su historia, la fuerza de su presencia narrativa y la huella que dejan en la imaginación del lector, trascienden los límites de la obra para convertirse en referentes perdurables de la experiencia literaria.
NICOLÁS "COLÁ" ALBORNOZ del cuento LA VIUDA DEL TIGRE.
Por la extraordinaria fuerza humana, simbólica y narrativa de un personaje cuya historia permanece viva en la memoria del lector mucho después de concluida la lectura, convirtiéndose en una de las figuras más recordadas del certamen
13 MENCIÓN ESPECIAL AL PERSONAJE MEJOR CONSTRUIDO
Instituida para reconocer aquellas creaciones literarias que, por la profundidad, coherencia, complejidad humana y calidad de su desarrollo narrativo, logran dar vida a personajes particularmente verosímiles, memorables y significativos dentro de la obra
MONCHI del cuento TITULARES DE UN PASQUÍN OPORTUNISTA
Por la profundidad, coherencia y humanidad alcanzadas en su construcción literaria. Es un personaje completo porque lo vemos niño, huérfano, changarín, boxeador, campeón, víctima. Evoluciona, sufre, cambia, triunfa, goza, vive y muere, completando su hemiciclo.
14 MENCIÓN ESPECIAL AL PERSONAJE POPULAR
Instituida para distinguir aquellos personajes literarios que, por su cercanía humana, arraigo comunitario y capacidad de representar valores, costumbres y formas de vida reconocibles para el lector, logran trascender la obra para incorporarse al imaginario popular.
JUAN ALFREDO, del cuento "EL ALEGRÍA"
Por la entrañable construcción de un personaje cuya bondad, alegría de vivir y permanente disposición para compartir celebraciones y encuentros comunitarios lo convierten en una figura profundamente querida por su pueblo. El Jurado destaca especialmente la capacidad del autor para transformar a un hombre común en un símbolo afectivo de su comunidad, construyendo una presencia que perdura más allá de su desaparición física y termina integrándose a la memoria colectiva como parte de una leyenda popular

jueves, 4 de junio de 2026

 CONCURSO LITERARIO
El dia de la fecha concluyeron las deliberaciones de los jurados del Primer Concurso Bienal de Cuentos y Relatos 2026. Luego de verificada la correspondencia entre los números de sobre utilizados durante el proceso de evaluación, las obras presentadas y la documentación identificatoria aportada por los participantes, se procede a hacer conocer la identidad de los autores distinguidos en el presente certamen. En consecuencia, quedan oficialmente proclamados los siguientes resultados:

PRIMER PREMIO: "EL RELOJ SOLAR DE LA PLAZA SAN MARTÍN" Sobre N° 36 Autor: LUIS CARLOS FERREIRA TOR. DNI 28.827.871 – Pcia de Formosa

SEGUNDO PREMIO: "LA VIUDA DEL TIGRE" Sobre N° 74 Autor: ERIC ALEXIS ROMERO. DNI 38.542.020 – Pcia de Neuquén

TERCER PREMIO: "TITULARES DE UN PASQUÍN OPORTUNISTA" Sobre N° 51 Autor: CORINA BEATRIZ PACCAGNELLA DNI 16.472.252 Pcia de Buenos Aires

MENCIÓN DE HONOR DEL JURADO: "EL HACHA" Sobre N° 11 Autor: ROLANDO JOSÉ LÓPEZ DNI 5.866.259 Pcia de Formosa

MENCIÓN ESPECIAL A LA IMAGINACIÓN Y ORIGINALIDAD LITERARIA: "EL RELOJ SOLAR DE LA PLAZA SAN MARTÍN" Sobre N° 36 Autor: LUIS CARLOS FERREIRA TOR. DNI 28.827.871 – Pcia de Formosa

MENCIÓN ESPECIAL A LA INNOVACIÓN LITERARIA: "ESTRAGO CULPOSO" Sobre N°82 Autor: HECTOR FAZIO DNI 29 631 537

MENCIÓN ESPECIAL A LA CONTRIBUCIÓN A LA IDENTIDAD REGIONAL: "EL ÚLTIMO CANTO DEL URUTAÚ" Sobre N°28 Autor: DANIEL OSCAR ORUE DNI 34.511.828 Pcia de Formosa

MENCIÓN ESPECIAL A LA RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA: "EVARISTO ARIAS" Sobre N°01 Autor: HÉCTOR ANTONIO MENDOZA DNI 12.383.320 Pcia de Formosa 

MENCIÓN ESPECIAL AL RESCATE DE LA TRADICIÓN ORAL: "LEYENDA DE CURUZÚ LA NOVIA" Sobre N°34 Autor: MARÍA GRACIELA LLANO DNI 10.843.221 Pcia de Corrientes 

MENCIÓN ESPECIAL AL MEJOR FINAL: "LA VIUDA DEL TIGRE" Sobre N° 74 Autor: ERIC ALEXIS ROMERO. DNI 38.542.020 – Pcia de Neuquén 

MENCIÓN ESPECIAL AL PERSONAJE MEJOR CONSTRUIDO: MONCHI Personaje del cuento "Titulares de un Pasquín Oportunista" Sobre N° 51 Autor: CORINA BEATRIZ PACCAGNELLA DNI 16.472.252 Pcia de Buenos Aires

MENCIÓN ESPECIAL AL PERSONAJE MEMORABLE;Nicolás "Colá" Albornoz. Personaje del cuento "La Viuda del Tigre" Sobre N° 74 Autor: ERIC ALEXIS ROMERO. DNI 38.542.020 – Pcia de Neuquén

MENCIÓN ESPECIAL AL PERSONAJE POPULAR: "EL ALEGRÍA" Sobre N°71 Autor: FACUNDO PERKINS. DNI 26.256.686 Pcia de Formosa


martes, 2 de junio de 2026

NOVEDADES DEL PRIMER CONCURSO BIENAL DE CUENTOS Y RELATOS 

El jueves 4 de junio del presente año se dará a conocer la lista de ganadores y menciones del concurso. A partir de esa fecha también se le remitirá a cada concursante una breve devolución del jurado respecto de cada uno de los trabajos presentados.
El trabajo de evaluar comparativamente cada uno de los 98 textos presentados a concurso es muy arduo y complejo y requiere mucha dedicación y seriedad, por lo que se hace absolutamente necesario reconocer a los señores miembros de los jurados, el esfuerzo y la honestidad intelectual puesta de manifiesto en la apreciación y en la jura de cada uno de los trabajos presentados
A cada uno de los concursantes de esta primera bienal, un singular agradecimiento por su participación, destacando muy especialmente la altísima calidad de los cuentos y relatos presentados.

LO QUE ME DEJO COMO JURADO

LO QUE ME DEJO COMO JURADO Esto pocas veces se dice en público: un jurado literario no premia necesariamente el cuento que más le gusta. Pre...